Es de justicia comenzar este 8 de marzo con un reconocimiento sincero. Muchos hombres hemos tenido que recorrer un camino de aprendizaje para entender que lo que hoy nos parece «normal» fue, en su día, una anomalía conquistada con una valentía e inteligencia admirable por parte de las mujeres. Como siempre ha sido.
Debemos agradecer a las generaciones de feministas que nos señalaran nuestras equivocaciones y prejuicios. El derecho al voto, un hito que hoy aceptamos como un pilar básico de la democracia, fue el primer gran aviso de que la razón no entiende de géneros. Aquellas pioneras no solo pedían una urna; pedían ser tratadas como sujetos de pleno derecho, y su victoria fue una victoria para toda la humanidad.
Hoy, la libertad sexual en Occidente es plena, el matrimonio igualitario está normalizado y la incorporación de la mujer al mundo laboral es el motor de nuestra sociedad.
Sin embargo, no podemos ignorar que vivimos una ola reaccionaria ante estos avances. Estudios y encuestas nacionales e internacionales señalan que el 44% de los jóvenes se encuentran cómodos en la crítica abierta al feminismo, y sería un error atribuir ello solo al machismo residual azorado por movimientos reaccionarios y cavernícolas que defienden una tierra como planicie física; nace también de los excesos de una interpretación que pretende «esprintar» de cualquier manera en la consecución de «logros», acelerándolo todo a costa del sentido común.
Existe una pulsión por creer que, debido al atraso histórico, hay que correr más que nadie, olvidando que las etapas sociales deben sedimentarse convenientemente. No por correr mucho se hacen las cosas mejor; a veces, solo se consigue que el suelo se agriete bajo nuestros pies.
Como bien señala la filósofa Amelia Valcárcel, el feminismo es un hijo de la Ilustración y, como tal, debe ser un ejercicio de racionalidad. Cuando se impulsan leyes que rompen RADICALMENTE la presunción de inocencia del hombre o que siembran dicotomías de «buenos y malos» permanentes, se traiciona esa raíz ilustrada.
Autoras como Christina Hoff Sommers ya advirtieron que el «feminismo de libertad» se ve amenazado por un intervencionismo que prefiere el enfrentamiento a la justicia universal.
Correr demasiado y pasarse de frenada son, en el fondo, causa y consecuencia que amenazan un progreso que ha costado mucho alcanzar.
Esta falta de brújula se hace evidente en las contradicciones de una parte del movimiento feminista actual.
Resulta poco digerible ver cómo una parte del feminismo occidental no ha sabido apoyar la lucha de las mujeres islámicas con la intensidad deseable. Mientras aquí se discuten matices lingüísticos, allí se libra una batalla literal por la vida y la piel. Ello oculta un falso matiz ideológico: una belicosidad centrada en castigar subrepticiamente al catolicismo occidental que, por el contrario, se vuelve cobarde y silente ante el islam, al que cuesta criticar por miedo o por motivos más espureos como los apoyos de Irán a determinadas formaciones políticas, por poner un solo ejemplo cercano.
En este 8 de marzo de 2026, los hombres debemos dar un paso al frente vistiéndonos por los pantalones, no para ejercer de «alfas» caducos, sino para asumir nuestro papel de compañeros con una aportación real al mundo de la mujer.
Reivindiquemos un feminismo que no necesite sembrar odios para cosechar derechos. Corrijamos los errores, vayamos a la raíz del problema y conquistemos las parcelas que faltan: la presencia real en los consejos de administración y la equiparación salarial plena.
Hagámoslo desde un humanismo que entienda que la verdadera igualdad no se construye sobre las cenizas de la justicia, sino sobre la solidez de una convivencia donde el sexo sea irrelevante ante la ley. Solo así lograremos que lo conquistado sea, por fin, irreversible y justo para todos.
Feliz Día de la Mujer. Siempre.

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