LA LECCIÓN QUE NOS FALTABA.

Hace apenas una semana recibí a Antonio y a Luisa en mi restaurante, comieron con dos de sus inseparables amigos, Eduardo Donaire y Valentín Prieto. Comida “metálica”, como diríamos en el argot. Fue realmente ahí, después de un mes sin verle, cuando me di cuenta de que quizás sería nuestra última vez, aunque a uno le cueste creerlo y se aferre instintivamente a lo contrario.

Una vez sentado para el café me apeteció sacar una foto del momento. Renuncié a hacerlo para que a él no le pareciera que pedía una última. Al salir del Puerto, le ayudé a salvar un pequeño obstáculo para la silla de ruedas. Me despedí sin decir nada para que no pareciera ser una última vez. Los que nos creemos duros siempre intentamos aparentar otra cosa. Intenté apestar a normalidad con un “Venga Antonio, nos vemos”. Y fue cuando me respondió con un gran aplomo: “Jose, nos seguimos viendo…”.

Ya conocía esa fuerza, por lo que no me sorprendió. Lo dijo con una naturalidad tajante, como le recuerdo siempre cuando decía las cosas importantes, restando dramas y circunloquios, y allanando el camino para la siguiente estación.

Porque Antonio siempre fue así, intentando reducir y resumir las situaciones a la parte por donde se podían y se debían abordar, o atacar si hiciera falta, sin melodramas baratos ni pantomimas al uso.

La entereza con la que llevó su enfermedad no fue una excepción. Porque con él aprendí a digerir las situaciones complejas a límites digeribles, para poder ordenarlas y resolverlas, diseñando una estrategia y un plan de acciones reales, apuntadas en libretas exhaustas que se sucedían infaliblemente.

Mi primer día con Antonio fue el de recibir una libreta y un bolígrafo para apuntar todo lo que había que hacer. Método tan poco tecnológico como inapelable. “Tu primera tarea va a ser llevar el salvamento”, y de ahí a planificar reuniones con Cruz Roja y marcar objetivos claros. Ese año conseguimos que no hubiera víctimas en las playas después de algunos años. “Me dejas darles a los chavales de Salvamento una cena de agradecimiento?”. Todavía resuenan los ecos de la misma con todos los socorristas en fin de temporada para celebrarlo. Éramos insultantemente jóvenes…

Trabajar con Antonio era como ir en un Fórmula 1 sin solución de continuidad. Una vez te subías, entrabas en modo competición sí o sí. Su pasión contagiaba a colaboradores y masas enteras de personas en torno a un fin. Era un líder natural y bajarse del carro y claudicar no era una opción para él. Tal era su determinación de cumplir un objetivo que daba igual cuán largo fuera el camino y cuán incomprensible a veces.

Todavía recuerdo los primeros teléfonos móviles, auténticos mazacotes, dentro de su Opel Astra gris. Yo como copiloto y él con uno en una mano, el volante en la otra y el puro en la boca mientras hablaba. Calefacción a tope, lluvia y horas interminables desde Oviedo a Llanes. Pura aventura N-634. De aquella no estaba prohibido, hoy sé que no lo haría, pero todo eso era puro rock and roll.

Aprendí cómo se negociaba en el Principado. Cuando quería algo para Llanes, recorría desde el último jefe de Servicio o de Sección si hiciera falta, pasando por el director general y hasta llegar al consejero mismo para hablar del mismo tema, y si intuía que algún “currito” también era importante se dejaba caer por allí. Dialogaba e iba con argumentos preparados ante posibles negativas. Y como martillo pilón, semana tras semana (“hoy toca ir a Oviedo”), Antonio se dejaba caer con sus proyectos e ideas ante el apurado nerviosismo de quien le tocara. Todavía recuerdo algún estruendoso puñetazo en la mesa defendiendo un proyecto hoy hecho realidad. Nunca aceptó ninguneo chusco ni politiquero alguno, o que le intentaran tomar el pelo sin argumentos. La burocracia lo temía y eso era lo que más me gustaba.

Cuando estaba en el ayuntamiento era lo mismo. Solo había que ver el rosario de personas esperando a las puertas de la alcaldía o de cualquier oficina esperando ser atendidas. Esa era norma general para él y su obsesión. Recibir a gente de derechas, de izquierdas, de centros o a gente sin ideas. Eso es así, y más de una vez me preguntó si no me parecía que había poca gente en el ayuntamiento últimamente: “si no hay gente en el ayuntamiento, algo estamos haciendo mal, es que algo no estamos resolviendo. Si la gente deja de venir es porque no confía en nosotros…”. Tenía jodido sentido eso.

Entonces no existían estúpidas mamparas de protección de políticos y funcionarios ante los vecinos, citas interminables e ininteligibles de no sé cuánto tiempo a comodidad del administrador, ni existía todavía el subterfugio del teletrabajo como moderno escaqueo legalizado por el abuso en su uso.

De Trevín podríamos hablar mucho de sus obras, que hicieron posible el actual puerto pesquero y deportivo, de los primeros polígonos industriales como Posada y Piñeres, de las obras de saneamiento en muchos pueblos, del impulso a las concentraciones parcelarias, de la defensa del sector ganadero y pesquero, de la modernización viaria de todos los núcleos o de hitos turísticos y culturales como Los Cubos de la Memoria o el Festival Llanes al Cubo. También de su apuesta por situar a Llanes como marca turística reconocida a nivel nacional, de las zonas deportivas construidas en el Concejo, la mejora de escuelas rurales o de la construcción del nuevo I.E.S de Llanes. Pero, en mi experiencia, su faceta más importante fue remover la sensación de conformismo secular e inercias de un concejo con grandes posibilidades de futuro, pero que de alguna manera no creía en sí mismo, algo parecido a lo que pasa hoy, en mi opinión.

Cuando en 2008 recogí su testigo como secretario general de la Agrupación de Llanes tras 20 años en el cargo, sentí esa responsabilidad de conservar un legado para mejorarlo, pero sobre todo de intentar perseguir un futuro que necesariamente siempre es nuevo, y siempre desde un plano político centrado, realista y falto de demagogia, con un proyecto colectivo amplio, de mayorías y no de minorías auto reprimidas. Luego la historia siempre se escribe con renglones torcidos y algunas cosas salieron bien y otras no tanto, pero así es la vida, siempre enseñándonos que no todo está bajo nuestro control.

Podría decir muchas cosas más de Antonio. Obviamente fue mi padre político y un mentor como pocos. Entendió la política como yo la entiendo, intentado también que los argumentos propios no sean los únicos y recogiendo a veces los del contrario cuando tienen razón, aunque a veces no convenga decirlo, pues justo es reconocer que no siempre todos la tenemos. Los dogmas para quien los quiera.

Fue una gran suerte conocerle además en lo personal. En los trances duros el teléfono que sonaba siempre era el suyo. Tenía una especial capacidad para hacerlo con cualquiera que lo necesitara, y mucha gente lo sabemos.

Todos tenemos luces y sombras en nuestra trayectoria, pero sus luces son tan fuertes que alumbran un increíble legado en nuestro concejo y comarca oriental.

Tan digna fue su vida como digna la lección final que nos dio, plantando cara a la fatalidad que se le venía. Esa es la gran lección y la gran paradoja de la vida, que tarde o temprano siempre se acaba, y por eso no merece la pena vivirse con miedo.

Gracias Antonio, fue la lección que me faltaba, y queda apuntada en la libreta buena.

Hasta siempre.

Francisco José Balmori Póo.

Ex secretario general Agrupación Socialista de Llanes y ex Primer Teniente de Alcalde de Llanes.


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