De las frases manoseadas: hartito.

Vende humos.

Hay una nueva especie urbana —entre influencer y vendedor de crecepelo emocional— que ha desarrollado su propio dialecto. Superan a los políticos en su arte: no dicen nada, pero lo dicen con una convicción que tumba. Son los gurús digitales y sus entusiastas discípulos, repetidores profesionales de frases que alguna vez significaron algo y que ahora solo sirven para torturar conciencias fatigadas. Y sí: estoy muy harto de ellas.

La primera reliquia lingüística es “procrastinar”. Antes uno simplemente posponía lo que le aburría. Ahora parece un pecado capital, como si el Vaticano hubiese abierto una diócesis de productividad. Vivimos obsesionados con exprimir cada minuto y, paradójicamente, eso nos lleva a no hacer ni lo básico. La felicidad se nos escapa entre tareas pendientes y aplicaciones que nos recuerdan todo lo que no hicimos.

Luego llega la hostia consagrada del discurso moderno: “aportar valor”. Qué nostalgia de aquella mili donde el valor se presuponía sin necesidad de PowerPoints. Hoy el valor no se tiene: se declara, se sube a stories, se monetiza. Un espectáculo tragicómico: personas intentando parecer valiosas porque alguien les convenció de que no lo eran de entrada.

Pasamos al “100%”, la pegatina tribal. Ya no estamos de acuerdo: pertenecemos. El “100%” es el voto afirmativo de quienes no se atreven a argumentar, pero quieren pertenecer a un club de gente que se aplaude mutuamente.

El festival sigue con “me voló la cabeza”, frase que en otro tiempo habría requerido dinamita y un pelotón de fusilamiento. Hoy basta un vídeo mediocre o una idea con dos verbos más de los previstos para que Internet declare un estado de iluminación permanente.

En la cima del Himalaya motivacional aguardan “sigue tu pasión” y “encuentra tu propósito”, las dos brújulas que nunca apuntan al norte. Frases que permiten a cualquiera confundirse con mística new age y justificar decisiones que, vistas desde fuera, parecen un suicidio intelectual.

La cronología del ego culmina en “dejar un legado”: plantar un bonsái, escribir un libro mediocre o abrir un canal de YouTube ya es, al parecer, trascender la biología humana. La biología, que era simple, queda obsoleta ante esta ambición delirante de querer que te recuerden quienes aún no han nacido.

Y llegamos, con música dramática, a “sé tu mejor versión”: la encíclica del perfeccionismo. No se permiten días malos, ni bostezos, ni tardes sin épica. Todo debe ser espectacular, eficiente, edificante. Porque, claro, si flojeas, no solo no aportas valor: tampoco dejas legado.

El resultado es un cóctel perfecto: frustración servida sobre una cama de autoexigencia, con una rodajita de ansiedad y medicación al gusto.

Buenas tardes a todos.

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