20N: Cuando el pasado es un espejo y el futuro una oportunidad

“Los tiempos difíciles crean hombres fuertes;

los hombres fuertes crean tiempos fáciles;

los tiempos fáciles crean hombres débiles;

y los hombres débiles crean tiempos difíciles.”

Hay frases que parecieran escritas para recordarnos que nada es lineal. Y empiezo con ésta porque, siendo sincero, ni siquiera tengo claro por qué estoy escribiendo este artículo. Con los años me he vuelto una persona cada vez más despolitizada, y aquel optimista recalcitrante que fui se transformó en un pesimista muy a regañadientes.

Pero la política —la de verdad, la que tiene que ver con convivir— siempre acaba llamando a la puerta. Porque el ser político habita en nosotros, a veces de forma consciente y otras más escondido, pero está ahí. Y en este 20N, cincuenta años después, uno no puede evitar la sensación de estar asistiendo a una tergiversación interesada de un debate que merece más calma, más rigor y, sobre todo, más verdad.

La palabra de moda es “polarización”. Cuando yo era niño, la polarización hacía referencia al Polo Norte y al Polo Sur: dos extremos del mismo planeta. Hoy no describe lugares, sino trincheras. Las nostalgias selectivas en cada presunto bando no construyen nada, salvo rencor.

Por cierto, del que se aprovechan bien los que vienen a pescar a río revuelto.

Yo no nací con la idea de un “Franco malo”. Nadie me la inculcó. Lo que pienso hoy viene de escuchar, de leer, de pensar y, sobre todo, de ponderar testimonios y lugares que ofrecieron realidades incontrovertidas, objetivas y no selectivas.

Una de mis primeras viviencias siendo muy niño fue la de un educado y cariñoso taxista que nos llevo a una visita turística al Valle de Los Caídos, cuando yo no sabía muy bien lo que era ni en qué consistía ese lugar. Y para un crío educado en un colegio católico, como era yo en aquel entonces, resultó chocante ver a ese señor tan amable pisar una tumba que había allí, la de un tal Franco.

Me quedé atónito y le pegunté porqué hacía eso… Me respondió con una tranquila contundencia que porque no había podido hacerlo en vida… Fue una cosa de esas que se te quedan rondando en la cabeza durante años, y de la cual tiras para aprender, y ponderar…

Ponderación es lo contrario de polarización. Y si algo escasea en estos tiempos, es precisamente eso. 

Ser de izquierdas y creer que la República fue un paraíso es tan ingenuo como ser de derechas pensando que el franquismo fue una edad dorada. Aquella cayó por sus propias grietas, las que cavaron los suyos, y  Franco aprovechó ese caos para imponer orden, y quien pone orden, manda. Es así de simple. Sin épica. Sin maquillaje.

Pero lo grave hoy es que, tras 50 años de avances democráticos, modernización, acuerdos y convivencia, estemos dispuestos a cuestionar logros que costaron décadas construir.

Lo que España necesita no es nostalgia, sino recuperar el centro político, ese equilibrio que permitió la Transición, y abrir paso a una sociedad en la que nuevas generaciones participen de los asuntos públicos desde la coherencia, la ponderación y la ética.

Ayer escuché a Felipe González en el acto del 50 aniversario de la monarquía parlamentaria y dijo algo que, a mi juicio, es esencial:

“El cometido principal de España es la paz civil, con tres pilares: la libertad política, la equidad social y la diversidad cultural y territorial. Las tres van necesariamente de la mano para una convivencia fructífera.”

Es ese equilibrio —tan elemental, tan sensato— el que estamos perdiendo entre tanto ruido.

Cada año, los medios rescatan testimonios, recuerdos y anécdotas del 20N. Pero la cuestión no es qué hacían otros aquel 20 de noviembre de 1975, sino qué hacemos hoy con esa memoria.

El pasado puede ser un arma o puede ser un espejo. Un arma divide y deforma. Un espejo nos obliga a vernos como somos y a decidir quién queremos ser.

España ha avanzado más en estas cinco décadas que en siglos anteriores: libertad, crecimiento, derechos, infraestructuras, modernización, Europa, convivencia. No hay por qué mirar hacia atrás con miedo ni con romanticismo. Hay que mirarlo con madurez.

Lo valiente no es intentar repetir un pasado conveniente. Lo valiente es construir un futuro que no repita ninguno de los errores.

Somos una generación que no vivió aquella fecha, pero vive sus consecuencias emocionales, políticas y culturales. Y tenemos una responsabilidad gigantesca: coser un país que otros han empezado a descoser desde sus atriles, sus redes y sus consignas.  Coser implica básicamente escuchar sin gritar y disentir sin destruir. Y lo que es determinante: anclar los puntos en común, que los hay siempre.

No se trata de volver al 78 sino de recuperar su espíritu: la idea de que convivir merece más la pena que vencer. Y al mismo tiempo, construir una sociedad nueva, donde las nuevas capas sociales participen del poder desde la competencia, la ética y la coherencia. Sin tutelas. Sin trincheras. Sin miedo.

Si seguimos siendo capaces de mirarnos con honestidad, de reconocer lo que fue y lo que no fue, de aceptar que convivir vale más que vencer… entonces sí, este país tiene por delante otros 50 años mejores que los 50 que dejamos atrás.

Y eso, en tiempos como estos, ya es una forma de esperanza.

José Balmori.


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