
Hay momentos en los que poner un pie en pared no es una cuestión de izquierdas o de derechas.
Es una cuestión de país.
Y para mí, hoy es uno de esos momentos.
Estaré en la concentración en apoyo a Ceuta porque entiendo que lo que está en juego supera ampliamente cualquier discusión partidista, cualquier cálculo electoral y cualquier consigna coyuntural.
Está en juego algo mucho más profundo: nuestra capacidad para defender aquello que somos.
España es una nación democrática, europea, plural e inclusiva. Una nación que ha construido durante décadas una determinada forma de convivencia basada en la libertad, en los derechos individuales, en el pluralismo, en la igualdad ante la ley y en el respeto a las personas.
Y precisamente porque creemos en esos valores debemos ser capaces de defenderlos.
Sin complejos.
Sin miedo.
Y sin pedir disculpas por hacerlo.
Porque ser una sociedad abierta no significa ser una sociedad indefensa.
Ser tolerante no significa aceptar cualquier cosa.
Ser solidario no significa permitir que terceros Estados utilicen a seres humanos como instrumentos de presión política o geoestratégica.
Ahí está, precisamente, la antítesis que muchas veces nos cuesta explicar.
Podemos defender la dignidad absoluta de cada persona que llega a nuestras fronteras y, al mismo tiempo, rechazar frontalmente cualquier estrategia de un Estado que pretenda instrumentalizar esos movimientos humanos para ejercer presión sobre España.
Una cosa no contradice la otra.
La refuerza.
Porque las personas no pueden convertirse en armas políticas.
Y porque una democracia que no es capaz de defender sus fronteras, sus ciudadanos y su soberanía termina debilitando también los valores que pretende proteger.
Por eso creo que ante determinadas actuaciones del régimen marroquí hay que ser extraordinariamente firmes.
Yo no quiero la concepción política, institucional o social que representan los regímenes autoritarios.
Quiero la nuestra.
Quiero la España democrática.
Quiero la Europa de las libertades.
Quiero una sociedad en la que cada persona pueda pensar, hablar, creer o no creer, amar, vivir y construir su futuro en libertad.
Ese es nuestro modelo.
Y tenemos derecho a defenderlo.
También frente a quienes puedan intentar erosionarlo mediante presión migratoria, presión territorial o cualquier otra herramienta geoestratégica.
Ceuta no es una abstracción.
Ceuta son ciudadanos españoles.
Ceuta es España.
Y Melilla también.
No deberían existir dudas ni complejos al afirmarlo.
España ha sido durante siglos una de las grandes naciones de la historia. Construimos uno de los mayores imperios que el mundo ha conocido y nuestra lengua, nuestra cultura y nuestra historia forman hoy parte de la identidad de cientos de millones de personas.
Naturalmente, nuestra historia tiene luces y sombras. Como todas.
Pero conocerla no debería producirnos vergüenza permanente.
También debería darnos perspectiva.
Y autoestima.
Porque un país que pierde la confianza en sí mismo acaba teniendo dificultades para defender incluso aquello que merece la pena conservar.
No hablo de nacionalismos excluyentes.
Hablo exactamente de lo contrario.
De una España segura de sí misma porque es democrática.
Plural porque es fuerte.
Integradora porque conoce los valores sobre los que quiere integrar.
Podemos recibir a quien quiera formar parte de nuestra sociedad.
Podemos respetar culturas, religiones y procedencias distintas.
Pero integrar tiene que significar también incorporarse a un espacio común de valores: democracia, libertad, igualdad, derechos humanos y respeto a nuestras leyes e instituciones.
Eso no es intolerancia.
Es convivencia.
Y por eso mi presencia hoy tendrá para mí un significado muy concreto.
No estaré defendiendo a un partido.
No estaré defendiendo a un Gobierno.
No estaré atacando a otro partido.
Estaré defendiendo una determinada idea de España.
Una nación libre.
Una democracia europea.
Un país capaz de integrar, pero también capaz de decir basta.
Capaz de dialogar, pero también de defenderse.
Capaz de respetar profundamente a las personas y, al mismo tiempo, de plantar cara a cualquier Gobierno que pretenda utilizarlas contra nosotros.
Y sobre todo, un país que entiende que hay momentos en la historia en los que nuestras pequeñas diferencias deben ocupar el lugar que realmente les corresponde.
El tercero.
El cuarto.
El quinto.
Porque antes están la libertad, la democracia, nuestros ciudadanos y España.
Hoy, para mí, Ceuta simboliza todo eso.
Y por eso estaré allí.
Hoy no hay siglas. Hoy hay España.

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