María Corina Machado critica el papel de España ante Venezuela: “La historia juzgará”
He defendido a María Corina Machado en múltiples ocasiones. La defiendo hoy y la defenderé mañana frente a la nausabunda dictadura en la que se ha convertido el gobierno venezolano. Ojalá sea presidenta de Venezuela y consiga lo que parece hoy casi imposible: unir a un país roto, exhausto y castigado. Precisamente por ese respeto y ese apoyo, me siento también en la obligación de decir algo cuando no estoy de acuerdo.
Y no lo estoy con unas declaraciones recientes realizadas tras recibir el Premio Nobel de la Paz en Suecia.
María Corina agradeció —con razón— al pueblo español, a la sociedad civil, a los medios de comunicación y a la acogida que España ha dado a cientos de miles de venezolanos. Hasta ahí, nada que objetar. Es verdad. Es justo. Es compartido.
El problema vino cuando, al referirse al Gobierno español, dejó entrever que “algo había faltado”.
Y no. Ahí no puedo estar de acuerdo.
Porque es injusto
España, su gobierno presidido por Pedro Sánchez, ha concedido residencia y protección legal a más de 400.000 venezolanos en los últimos años. Ahí es nada. Gracias a eso han podido trabajar, cotizar, vivir con dignidad, acceder a sanidad pública, escolarizar a sus hijos y, en muchos casos, literalmente salvar la vida.
No hablamos de discursos ni de gestos simbólicos. Hablamos de papeles, de derechos y de oportunidades reales.
Mientras tanto, en otros países que algunos idealizan —Estados Unidos, sin ir más lejos— se están expulsando venezolanos, incluso personas que llevaban años asentadas, trabajando y construyendo su vida. Se criminaliza colectivamente, se cierran puertas y se rompe lo que ya estaba hecho. Esa es la realidad, aunque incomode decirla.
Comparado con eso, España ha sido —objetivamente— un país generoso y responsable.
Gobernar no es opinar desde Twitter
Aquí viene el segundo punto, quizá el más importante.
Cuando uno dirige —o aspira a dirigir— un país, no habla solo desde la emoción, la ideología o la justicia moral. Gobierna en un tablero complejo: intereses geopolíticos, equilibrios diplomáticos, economía, energía, seguridad, relaciones internacionales.
Las declaraciones contundentes gustan mucho desde la oposición. Desde el poder, a veces, simplemente no son posibles. No porque falte valentía, sino porque sobran responsabilidades.
Conviene recordarlo hoy, para no olvidarlo mañana.
Una segunda oportunidad que cuenta
Hay cientos de miles de venezolanos en España que saben perfectamente qué significó esa acogida. Saben lo que habría sido de ellos sin acceso a una sanidad pública cuando en Venezuela faltaban insumos básicos. Saben lo que supone poder trabajar legalmente, pagar un alquiler, tener médico y futuro.
España también se ha beneficiado de ellos: de su trabajo, su talento, su cultura y su empuje. Ha sido una relación de ida y vuelta. Y eso merece ser dicho.
Al César lo que es del César
Apoyar una causa justa no implica renunciar al criterio propio. Defender a una líder no obliga a aplaudir cada frase. Al contrario: la madurez democrática empieza cuando somos capaces de reconocer los aciertos… incluso de quienes no nos gustan políticamente.
Y aquí el acierto es claro: el Gobierno español sí estuvo a la altura con los venezolanos. Y la historia lo comprobará.
Por eso, desde el respeto y desde el apoyo, digo con claridad que no comparto esas declaraciones. Ser justos también es una forma de hacer política. Y suele ser, además, la más inteligente.









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